Encuentros. Manuel Ruiz o la incansable búsqueda de la esperanza.
Me encuentro en Granada, al pie de las almenadas murallas de la Alhambra, donde los frondosos bosques y el agua que discurre por las múltiples acequias y fuentes despejan el riguroso calor de la canícula: los mismos caminos, idénticos aposentos, por los que deambuló Washington Irving, el escritor que mejor supo retratar este vestigio de la presencia árabe en España, ahora lleno de turistas que van y vienen, muchas veces mirando sin ver, pero sensibilizando con sus cámaras fotográficas cada rincón de este palacio de ensueño. A pesar de esa invasión pacífica, del guirigay de voces extrañas que se mezclan con el canto de las cigarras, el rumor del agua, el trino de los pájaros y el crepitar de las ramas cargadas de hojas de los árboles, quien busca, encuentra también el lugar de placidero silencio, para meditar, para conversar.
Manolo me ha llevado hasta allí, a un solitario rincón que aún recuerda leyendas lejanas, frente por frente a ese otro monumento universal que es el barrio del Albaicín, con sus casas y cuevas blancas captando desde la orilla del Darro hasta cumbre de ese monte intensamente poblado, como si trataran de alcanzar el cielo.
Manolo es granadino, lo que no sería poco importante si no fuera porque es además, pintor. Granadino y pintor, dos cualidades que determinan ya la estrella de este hombre, un hombre joven, treinta y dos años, que vive de la docencia y dedica sus ocios a lo que más ama: la pintura. Si no existiera ya una tradición de artistas granadino, sería difícil explicar el misterio de su presencia en esta ciudad de un artista de su talento, lamentablemente conocido en otros países- como Francia e Italia- que en su propio país.
Una política cultural miope y de pretensiones enanas, que ensalza a los fantasmones de turno, y más si viven precedidos de los halagos de fuera y por los santones de una élite crítica que sólo se digna posar sus miradas en sus cotos particulares y comprometidos de Madrid y Barcelona, nos da la clave. Pero el hecho está aquí, en esta capital andaluza que siente Manolo en lo más profundo de sus entresijos, donde recibe la luz y el aire que respira, por donde sus pasos de caminante y buscador de verdades discurren sin prisa por sendas una vez y otra vez marcadas por su huella de artista solitario y continuamente abierto a la esperanza de inéditos encuentros.
-¿Compensa, Manolo, el esfuerzo de un artista, de cualquier artista, en Granada, o en otra pequeña ciudad donde no existe una proyección cultural de cara al mercado del arte?.
-Sí, en lo íntimo, en lo que tiene de escenario para producir con serenidad, para encontrar nuevos caminos sin presiones de nadie, pero no para hallar las sendas de una comercialización que sea estimulante, y no me estoy refiriendo a lo que de crematístico tenga, sino al saber que el esfuerzo realizado ha sido entendido y es apreciado en todo lo que de valor íntimo tiene para el artista. Porque Granada es una ciudad de contrastes y las anécdotas que a un artista le surgen en una exposición son vario pintas. Desde los visitantes que aparecen muy clásicamente vestidos y enjoyados y sacan del bolsillo una cuerdecita, con el fin de encontrar un cuadro de tal o cual dimensión que les encaje en una pared que tienen desnuda en su casa, o quienes desean cambiar el marco de la obra porque dicen que no hace juego con las cortinas, y entonces tendrían que poner unas nuevas, hasta el que, gustándole la obra, me dice que no, al final, porque todas las que colecciona tienen la firma en negro y la mía aparece en azul. Lógicamente te enojas y, cortésmente los mandas a la porra. ¡Y luego dicen que los artistas somos raros!.
- No obstante, Manolo, esto debe de ocurrir, y de hecho ocurre, en todas partes y a todos los artistas.
-Bueno, como te decía, éstos son casos anecdóticos, porque otro público sabe comportarse y entiende, aunque éstos son los menos. Pero no deja de ser una auténtica desgracia verse rodeado de estas personas para quien no influye el esfuerzo de cada día. Mucho se habla de la crisis de la energía, pero la peor de todas las crisis es la de los valores humanos.
-Cambiando de tercio, ¿qué opinión te merece la crítica?
-Siempre he entendido que hacer una crítica es algo complicado, y que quienes están más capacitados para hacerla, o el comentario de una obra, debieran ser los propios artistas, es decir aquellas personas que viven del arte, que saben hacer las cosas, no aquellas que por determinadas circunstancias escogen esto de escribir arte de los demás, porque en realidad, y en muchas ocasiones, son artistas frustrados que quieren salvar su “ego” manifestando así su incapacidad para muchas cosas, o bien hacerse de una colección de pintura a cambio de unas letras. También entiendo y creo que hay buenos críticos, que son personas honradas que viven el arte, pero éstas son uno entre mil. Acepto una crítica siempre que sea constructiva y objetiva, y no me cierro a la opinión ajena por aquello de que “cuatro ojos ven mejor que dos”… A veces uno piensa dejarlo todo, pero la vocación y la propia supervivencia en el arte me ayudan a luchar y seguir adelante.
-¿Te planteas frecuentemente esta problemática?
- Siempre que preparo una exposición, al final de la misma, suelo hacer un “balance”, no económico, sino más bien psicológico y sociológico de todo lo acaecido durante el tiempo en que la obra ha estado colgada.
-En este caso, la exposición a que se ha referido Manolo Ruiz es la realizada del 8 al 30 de mayo en el Museo Casa de los Tiros, uno de los lugares más bonitos que hay en Granada. Es un casón del siglo XVI, situado en uno de los lugares más hermosos y románticos de la ciudad, con un pequeño claustro y, en la parte izquierda, una sala de exposiciones que lleva el nombre de una de las personas que más hizo por el arte: Gallego Burín.
-Ha sido la primera vez en mi vida –continúa relatándome Manolo- donde en la actividad artística he encontrado un ambiente gratamente “extraño” y subrayo lo de “extraño”, pues resulta raro en este mundo artístico que nos rodea encontrarse con auténticas personas tan interesadas por el arte; más aún, por los problemas que a todo artista nos circundan. La semana anterior a la apertura fue dura, trabajando en el montaje de la obra hasta alta horas de la madrugada, lo que hizo que no me encontrase solo como en otras muchas ocasiones, y desde su director- Enrique Pareja- , el subdirector- Francisco González de la Oliva- al último de los colaboradores, me prestaron una ayuda tan valiosa que no creo se me vuelva a presentar en otras exposiciones. Allí, todos estos amigos colocaban cuadros daban sus opiniones, arreglaban focos, bajaban y subían a las escaleras una y mil veces, y todo desinteresadamente.
En total , Manuel Ruiz presentó 54 obras, algunas de ellas de gran formato- murales de 3,20 x 2,70 metros-, es el esfuerzo de dieciocho meses, la ilusión continuamente renovada de este hombre que prefiere que digan de él que es un artista que trabaja a que es un trabajador del arte. En su mente siempre brilla la estrella de una nueva búsqueda y la esperanza de un hallazgo, la inquietud por experimentar nuevos materiales, diferentes composiciones e inéditas pinceladas. Un bullir incesante de ideas que fraguan en su taller de luchador nato que aprende cada día, de cada trazo, de cada mezcla, y que le llevan a incursionar en nuevos ismos, en nuevas aventuras estéticas, puesta la mente siempre en dirección a una ,única meta: la belleza.
-¿Qué piensan los demás artistas y que piensas tu de ellos?
-Todo lo malo que acontece en el mundo artístico lo encuentro hasta lógico por el hecho que existe de la poca unión que hay entre todos nosotros. Parece mentira que en un mundo como el del arte, donde todo es sensibilidad y belleza, exista el contrapunto de la envidia, la rencilla y el menosprecio a la obra ajena. Cada uno en el arte hace “lo que puede” y la obra debe ser valorada siempre positivamente, respetando el trabajo de los demás y apoyándonos unos a otros. No obstante, este mundillo es problemático, no admite cooperación y cada cual va a lo suyo, menospreciando al que comienza y, si se ve a algún colega con problemas de trabajo, tratamos de hundirlo de una vez para que sí sea un adversario menos. De esta forma estamos traicionando continuamente el arte. Luego hay artistas que “entran por el aro”, que se venden, se prostituyen, regalan una obra por una crítica o un reportaje televisivo, defraudan a las personas vendiendo a precios considerables en las galerías y copias de las mismas obras aparecen en las tiendas comerciales firmadas con seudónimo, e incluso las obras originales que no pudieran vender antes. Y artistas cuyas obras son realizadas por “negros” y que luego firman. O grabadores que comercializan sus grabados falsificando la numeración, o las dan como prueba de artista. O todos aquellos que se las dan como “maestros- genios”, desconociendo la escalera del arte y trabajo de subir cada peldaño. Todos, en conjunto, son los que hunden el arte y crean un clima de desconfianza en torno al trabajo honrado y profesional. El artista, antes que nada, debe ser honrado y honesto con su trabajo, social y humanamente. Nuestro lenguaje no tiene fronteras, y la unión nos haría más felices, pues nuestra única meta es la belleza. Unidos, venceríamos todos los obstáculos, pues nuestra responsabilidad es grande y nos han dado la gracia de un lenguaje universal, de un vehículo de cultura. ¡Hagamos de él un vehículo de unión y compañerismo que sirva para el desarrollo de nuestra cultura y el fomento de los valores personales y humanos!.
-¿Eres, Manolo, un artista sociable?
-Sí, cuando encuentro la amistad y la comprensión que estoy dispuesto a dar. Pero yo estoy totalmente desligado de los cotilleos sociales. Lo único que me preocupa es trabajar e investigar en mi trabajo.
- Una dedicación que tiene sus compensaciones, como ese premio- uno más- que acabas de conseguir recientemente en Italia.
- Si, efectivamente, he tenido el honor de ser galardonado con el Primer Premio “Cittá de Corato”, en Bari, donde se celebra una de las muestras más interesantes de Italia. Nos presentamos setenta y dos artistas con un total de 120 obras, todos ellos italianos e internacionales de reconocida valía. Como puede suponer, este reconocimiento, aún lejos de mi tierra fue una gran satisfacción.
No es ésta la primera ocasión en que Manuel Ruiz es premiado en Italia, donde su nombre ha alcanzado una notable cotización. Recordamos que también obtuvo el premio Pro Loco Quadratum, en la XII Mostra del Pendio. También su obra figura en los siguientes museos: provincial de Cuenca, provincial de Murcia, Zabaleta de Quesada, Arte Actual de Ayllón, San Telmo de San Sebastián, Roncesvalles, provincial de Pontevedra, provincial de Lugo, provincial de Valdepeñas, Cau de la Costa Brava, provincial de Segovia, Arte Contemporáneo de Granada, Fundación M. Marsá de Palamós, Internacional de Arte Contemporáneo de Arrecife-Canarias-,Nacional de Artes Decorativas de Madrid, provincial de Ávila, y en Italia, en el Museo Cívico Mazara, del Palazzo dei Cavalieri de Malta de Sicilia, y en el Museo Ospedale Civile S. Lorenzo, en Valdagno, Vicenza. Además, en las colecciones de la Excma. Diputación de Granada y en la de Córdoba- Palacio de la Merced- y en las colecciones extranjeras de Kirman y Sultz, de Nueva York, y en varias de Italia, Francia, Inglaterra, Austria, Portugal, Polonia, etc …
En la búsqueda continua de un nuevo lenguaje pictórico a que hemos hecho referencia, la obra de Manuel Ruiz se orienta observando e interpretando todo el camino hasta el último momento recorrido, pero manteniendo siempre unas constantes esenciales que constituyen el centro ideológico de su concepción plástica, que en su trasfondo es de carácter surreal y alegórica, en la que las figuras o elementos que conforman sus cuadros se nutren de un significativo lirismo ampliando la dimensión surreal de su concepción originaria. José Lupiañez, buen conocedor de su quehacer, ha dicho: “Podría establecerse que la dicción acumulativa, la expresión en la expresividad acumulativa, define categóricamente la creación de este autor. En realidad se trata de una visión integradora de elementos dispares que se unen por la voluntad del artista para lograr el efecto plástico pretendido.
Las composiciones se orquestan fieles a dos criterios primordiales: de una parte, se concibe el conjunto como una masa integradora que abarca el eje central del cuadro y casi su totalidad, en la que se asocian vertiginosamente estos componentes más o menos variables de connotaciones simbólicas. Por otra parte, existe la dicción más abierta, en la que el pintor permite una cierta espacialidad, a pesar de la preponderancia de los planos. Las obras que responden a este segundo criterio dan pie a una más libre realización plástica, puesto que no solo, se prescinde del enmarque- como en las anteriores- sino que se sueltan la imaginación y la emotividad con resultados de un fuerte impacto lírico. En las primeras, lo acumulativo nos remite a planteamientos dibujísticos de alto nivel, con distorsiones y recreaciones similares a la obra gráfica de un Goñi , por ejemplo. En el segundo caso, la dicción plástica es más claramente surreal, o por lo menos se sirve de su fórmula expositiva más lineal, más durativa.
Y añade: “Si dos son los criterios selectivos primordiales a la hora de organizar el entramado de las tablas y los dibujos, todos ellos ( a excepción de la última etapa de mayor experimentación matérica y de más alto índice de abstracción), se resuelven en un diálogo de elementos constitutivos que podrían inventarse de forma general. En principio, existe un intercambio plástico cromático, entre la figura o la recreación de una base figurativa, con el paisaje o con el fondo. Los cuadros de Manuel Ruiz comportan, pues, una visión dual: de los objetos y de las figuras por una parte, que aparecen, por otra, inscritos en un plano, en un paisaje o en una atmósfera. Ambos elementos imponen su tracción, pero ésta es asimilada o desviada por otra fuerza mayor también operante, la que podría denominarse elemento desrealizador. El pintor construye enturbiando, descomponiendo, ocultando, fragmentando, y por ende, enriqueciendo, puesto que a su proyecto inicial va inscribiendo otros sucesivos proyectos que acaban por conformar la obra de modo definitivo. Pero eso no se consigue sin esa operatividad de lo desrealizador. Y es precisamente el elemento, o los elementos desrealizadores, los que favorecen o imponen el trasunto surreal de las composiciones. Del mismo modo puede verse otro importante intercambio dentro de la obra, otro reiterado diálogo entre lo figurativo, o la sugestión de lo figurativo, y la imposición geométrica. El geometrismo en la pintura de Manuel Ruiz es una constante decisiva de notable importancia puesto que no se utiliza tangencialmente o como simple apoyatura, sino que se erige en uno de los vehículos principales de la emotividad, y en uno de los elementos más activos del contraste. Precisamente esa operancia de lo geométrico, unida a la sólida base de dibujo que remarca las líneas, los perfiles, los contornos, concede a todas su producción un valor plástico que acercan sus producciones al terreno de lo gráfico”.
-Tu obra Manolo, ¿está más cerca de la concepción gráfica que de la matérica?
- Sí, por más que últimamente intenté integrarme en otros experimentos a este nivel. No obstante la configuración, el planteamiento y la estructura de mis cuadros, responde mejor a una óptica grafista.
- Las figuras de tus obras se realzan, dando la impresión de haber sido concebidas como proyecto en relieve. ¿Cómo es posible esto?
- Se debe a mis continuas experiencias. Es un tipo de relieve en el que la intensidad cromática o el vidriado, también destacan su valor como piezas decorativas o muralística. Porque en toda mi obra hay una inquietud hacia la tendencia decorativa, una soterrada inclinación hacia el muralismo, por infinitas razones. Algunas de ellas serían: esa concepción del dibujo condicionada por el geometrismo como evidencia de contraste; mis experimentos con la “aerografía”- tan olvidada en nuestra época- que la ha llevado curiosamente a la vindicación de la pintura plana; el aprecio de los colores cálidos y brillantes, con lo que ella comporta de acercamiento al espectador; y lo que es más primordial: mis esquemas compositivos.
- Empleas preferentemente fórmulas y técnicas mixtas. ¿Cuáles son y por qué razones?
- Creo a base de polvo de mármol o de vidrio, colas, pigmentos etc…, porque creo que éste es el origen de un posible continuismo enriquecedor de las posiciones inagotables que se adoptaron desde ciertos ángulos modernistas o del “art noveau”, en las que el lenguaje barroco, vegetal y exultante inducían a una suerte de sensualismo lírico y vitalista.
Podíamos hablar más y más de su obra y del artista, pero los condicionamientos de espacio nos lo impiden por ahora. Tampoco acabará aquí nuestro breve encuentro en Granada, ni su continuo descubrimiento de formas y caminos. Su juventud, aliada con esa inquietud permanente en él, nos depararán muchas sorpresas. Y es hora ya de regresar desde el solitario y tranquilo rincón alhambrino hasta la ciudad por las sendas que bajan junto al recinto amurallado, de retornar a Madrid desde Granada y desde el recuerdo de Manuel Ruiz.
Antonio Morales.
Director de la revista de arte .DIART. Nº 17 Octubre de 1981.Madrid.